martes, 18 de marzo de 2014

Cobardía de Cuauhtémoc



Por: Juan López

    A los ochenta años de edad, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano está siendo reclamado por los perredistas para que acepte ser el Presidente del Comité Ejecutivo Nacional de lo que queda del Partido de la Revolución Democrática. Extravagante la simple idea, porque un anciano de tal trayectoria de vida lo que anhela es cargar a sus nietos, dictar sus memorias, jugar con la mascota y tomar chocolate en el atardecer nostálgico de sus achaques. A los ochenta años se es un anciano como se es un hombre maduro a los cincuenta y un joven a los veinte. Verdades inquebrantables  que ni el venerable Lucio Anneo Séneca puede desmentir.

    Nos consta que el PRD se pervirtió en las llamaradas económicas de las prerrogativas.  El dinero constante y sonante  es un fuego que derrite voluntades y quema todo vestigio de honorabilidad: los chuchos, los amalios, las izquierdas auténticas, las fingidas, el de las ligas, el bejarano, su consorte, el pacto y el pato: aglomeración de irregularidades que no resisten una auditoría social. Una vez convertido en cenizas aquel intento de rescatar de la corrupción al país, se hizo trizas en el reparto de utilidades, como si el IFE fuera su patrón y los del coro más obedientes, coexistieran sólo para mejor embarnecer sus carteras personales.

    En 1988 en el país sucedió un fenómeno que quienes lo vimos y lo vivimos creemos que nunca más lo vamos a volver a mirar. Al paso de aquel paladín de la democracia, hijo del “Tata” Lázaro Cárdenas las multitudes se agolpaban, corrían a calle traviesa por las ciudades para demostrar rudamente  su  hartazgo. Avenidas anchurosas donde no cabía un individuo más. En Acapulco, en la Costera Alemán y la avenida Cuauhtémoc no había lugar vacío donde cupiera otra alma. Fueron momentos culminantes de un liderazgo particular que con dificultad otro mexicano podrá competir por el carisma político de aquel Cuauhtémoc Cárdenas de entonces.

    Cursó una generación. Se fue diluyendo el personaje. Las mentiras piadosas se convirtieron en verdades furiosas. Un hijo suyo fue gobernador de Michoacán y vean como está Michoacán hoy, provincia de la metrópoli de Toluca. Colonia de una burocracia insubstancial que nombra a un procónsul  para que dirima los embrollos provocados por la delincuencia organizada.

    Los perredistas que necesitan como dirigente nacional a Cuauhtémoc Cárdenas, son quienes han olvidado que cuando Carlos Salinas lo encaró para que dejara de insistir en que le había robado el triunfo, Cuauhtémoc se acobardó, le temblaron las corvas y “prefirió”  como dice el adverbio de: “aquí corrió que aquí murió” y por temor al sacrificio,  prefirió el pellejo que la gloria. Se dejó robar la Presidencia de la República por un balandrón protegido con el aparato económico, político y de fuerza, apropiándose  el poder pese a ser un usurpador de la soberanía nacional.

    A ese mismo señor Cuauhtémoc Cárdenas que mostró toda su cobardía en el 88 le piden  que salve al PRD de su descalabro histórico. Un desahuciado no puede. La crisis política de México es tan grande que, exige hombres enteros, dinámicos, audaces, valientes, con juventud mental, capaces de transformar las corrupciones que nos asuelan, en auroras resplandecientes de pulcritud. Las reliquias del pasado que permanezcan en sus nichos. Que se les adore por otras virtudes que quizá preserven, pero que no regresen con su insomnio a perturbar la carrera nacional rumbo a la utopía de las nuevas generaciones de mexicanos.

    PD: “Cuauhtémoc: Águila que cae”: Traducción del  Náhuatl.  


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